domingo, 16 de noviembre de 2014

El caminante

Se había despertado con los primeros rayos de sol. Se puso en pie como pudo y aprovechó las últimas gotas de agua que le quedaban antes de dedicarse a lo que llevaba haciendo desde hacía años: caminar. Caminar sin rumbo, destino, ni objetivo: huir, andar, hasta que la muerte le sorprendiese.
Atrás quedaban los momentos de gloria que alguna vez había vivido. Aquellos momentos en que su palabra había sido escuchada con ciega fe por quienes le rodeaban. “Es el líder. Es el hombre que necesitábamos”, oía murmurar a las gentes a cada paso que daba, cada vez que se alejaba de  un corrillo, al llegar a la tienda cada noche para compartir un poco de queso con los suyos, rezar y confiarse al sueño. Nunca dormía más de cuatro o cinco horas; siempre le molestaban a mitad de la noche. Bien por que alguno de los suyos buscara consejo, bien porque la ventisca del desierto aparecía cuando menos lo esperase nadie. Y las noches, escasas, en las que podía dormir sin ser interrumpido acababan siempre de la misma manera: despertándose, como esta mañana, con el amanecer. Pero a diferencia de la soledad más absoluta que ahora le acompañaba, entonces se encontraba al abrir su tienda con toda suerte de problemas: el ganado, la falta de agua, el hartazgo de un grupo que ya había sufrido bastante y que estaba empezando a perder la paciencia.
Hasta que llegó el día en que entendió que debía irse. Que ya estaba mayor. Que los viejos habían perdido la esperanza y los jóvenes echaban en falta sangre nueva. No un anciano pegado a un cayado.

 
Ese día el caminante se despertó algo más tarde de lo habitual. A decir verdad  no había pegado ojo, pero como sabía que la cohorte de cotorras y conspiradores le aguardaría en la puerta con los primeros rayos de sol, decidió hacerlos sufrir. Fue su pequeña venganza. Nada hay que guste más al pueblo que el líder caído, el mito yacente. Daba igual, como el caso,  haber sido el hombre que les había dado las primeras normas de su historia. No funcionaba: el era culpable de que el viento les sorprendiese, de que las muchachas inocentes quedasen encintas apenas se convertían en mujeres o de que los pecaminosos estuvieran cada día más debilitados. Podía pegarse horas y horas explicándolo, pero al  rey del desierto no le estaban tolerados los errores. Así que hoy les haría esperar para ver la escena de su derrota.
En sus confesiones consigo mismo, no pocas veces se declaraba culpable. Siempre había querido asumir la primera y la última decisión. Siempre  ejemplarizar. Pero olvidó que también los hombres de gobierno son mortales.

 
Así que una noche, al calor de la hoguera y rodeado de la escasa gente que aún le quedaba de confianza, decidió hacer un último favor a la prole. Se levantó, miró el paisaje de tiendas que apenas resistían los vientos que le escupían algo de arena a la cara y decidió que marcharía. “Duermen en paz. A Dios pido que siempre sea así”. Y algo le dijo que  las voces que le decían que el sobraba como líder, tenían razón, pero que aún caído tenía demasiada autoridad como para ser súbdito de un nuevo Rey. Y que  debía nombrar un heredero, antes de que fuese tarde. A decir verdad, lo tenía claro desde siempre. A ese hombre, albacea de su familia, de sus anhelos y frustraciones,  debía entregar el poder haciéndole más fácil la existencia al desaparecer para siempre. Esa noche comunicó a todos su decisión. Y lo más difícil fue convencer a su mujer y sus hijos de que el camino que iba a emprender  “a otro sitio mejor” debía andarlo el solo. Ellos merecían ver amanecer el triunfo. El se conformaría pensando, en cualquier otro confín, que su sacrificio habría germinado.
Así pues abrió la puerta de la tienda. Pero a diferencia de otras mañanas, no encontró el bullicio y el reclamo permanente de la gente. Sólo silencio. Sólo respeto. Como hacía cuarenta años. Como en los buenos tiempos.
Congregó a los que le rodeaban, que eran todos. Los viejos, las parturientas recientes, los niños, los alfareros, los herreros. Nadie se quería perder su marcha.

 
Una vez más, como en tantas otras ocasiones, extendió las manos y alzó su cayado. El rey explicó que se iba para no volver. Le quedaban pocos días de vida y no quería ser una carga, les dijo. Pidió lealtad a los suyos para con su sucesor; un hombre falto de su carisma pero que había estado con el en los momentos complicados y que había demostrado su honestidad. Ese, seguirle y respetarle, era el mejor homenaje que le podían hacer.
Fue en ese momento cuando llamó a su sucesor, le alzó el brazo y le invistió de plenos poderes delante de todo el mundo. El silencio y las lágrimas por el líder vencido desaparecieron rápidamente. Tan pronto hubo terminado sus palabras, cuando ya los conspiradores rodeaban a su sucesor, jurándole lealtad eterna y diciéndole que ya era hora de gobernar al fin.
Su mujer le acompañó hasta la gran roca en la que comenzaba el camino. Se abrazaron, lloraron, se besaron durante horas. Lo mismo con su descendencia; igual con el nuevo Rey que había llegado a tiempo para despedirlo. Se arregló el ropaje, se apoyó en su bastón y, como hacía cuarenta años, su silueta se perdió al inicio de la gran montaña. Sólo que para nunca volver.
Antes había sido un gran rey, un enérgico líder y un juez sabio. Ahora, sin saber hasta cuando, andaba. A pesar de la edad, a pesar de que le dolían las piernas. A pesar de la nostalgia.

 
El caminante se había preguntado muchas veces cuando y como sería su final. No por miedo; simplemente, por curiosidad. Nada podía esperar ya de la vida que no fuera su final.
Apenas se fijaba en los entornos, en los sitios que visitaba. Desde que había comenzado su peregrinaje a ninguna parte, el caminante se había propuesto no dormir más de dos noches en el mismo lugar. Llevaba demasiada melancolía por todo equipaje.
Sin embargo, tras años atravesando desiertos tan inhóspitos como aquel del que había huido, tras mezclarse momentáneamente con otros hijos de la arena, aquellos parajes le gustaban. Debía ser ese sitio del que le había hablado otro viejo del desierto. Le acogió hacía un año; el viento le derribó, perdió el conocimiento y creyó que había llegado el final. Pero el viejo hechicero ordenó que lo metieran en su tienda, lo lavaran y le dieran de comer.

 
Agradecido por su hospitalidad, no pudo por menos que quedarse aquella noche. Y para ser sinceros, un poco de compañía, unas horas de ambiente familiar, no le vendrían mal. El viejo hechicero se puso de pie y le besó, jubiloso, cuando conoció su historia. “Loados sean los dioses. He oído hablar de ti. Que gran honor, tenerte entre nosotros”.
El viejo no huía; era un mercader como otro cualquiera. Y le habló de que venía del fin del mundo. “¿Es horroroso?”, le preguntó. Para su sorpresa, le dijo que no. Y que siguiera firme su camino buscando una gran mujer dormida.
Así que el caminante siguió su jornada, recordando a aquel amable mercader que incluso le había ofrecido un camello para seguir adelante. Pero no quiso. Su destino era, simplemente, andar.
Desde entonces, tenía claro que le era insignificante donde morir, si de fallecer se trataba. Pero que tenía curiosidad por ver a esa mujer enorme.
Y la encontró. Y, en verdad, era bella. Y se bañó en la playa que la rodeaba: se desnudó y por primera vez en mucho tiempo se notó estimulado, contento. Como aquella mañana de hacía cuarenta años.
A mediodía, el caminante paró para comer algo. Una hogaza de pan, algo de queso que había comprado el día anterior a cambio de unas monedas que encontró junto al cuerpo inerte de un mendigo. Y comenzó a andar, una vez más. Quería ver el fin del mundo, el lugar donde todo acababa, donde las aguas serían cascadas derramándose sobre el infinito.
Una vez más, se adentró en la montaña. Y al llegar a la garganta de la gran mujer, se sentó. Miró el horizonte. El mar no se derramaba. Se sintió, sinceramente, decepcionado de no ver la cara de su señor tras aquel infinito espejo azul, pero le reconfortó la vista.

De pronto, un sudor frío le recorrió la espalda. Y notó un fuerte dolor en el pecho. Si. La hora estaba llegando. Se arrodilló  y vio pasar su vida en segundos: sus años de altivo  heredero y soldado del faraón machacando con altivez a los enemigos de Egipto, su renuncia a los privilegios para vivir con los esclavos, el inicio del éxodo. Y sobre todo, su encuentro en El. Aquel que ahora le llamaba a su presencia. Y al que pidió un último favor, entregado a un inmenso sol que casi podía tocar con las manos. “No se, señor de los días, maestro de todos los senderos, si mi nombre quedará en la memoria de mi pueblo o volará frágil como una pluma. Por eso, permíteme que ahora  que me llamas a tu presencia, sea un poco egoísta”. Sólo pidió dos cosas, mientras su cuerpo se desplomaba fulminado al vacío: que el éxodo de Israel hubiese concluido con éxito. Y la otra que aquella montaña fuera conocida hasta el final de los días con su nombre, la del judío errante. Que se le llamase a esa gigantesca y hermosa mujer, por las generaciones venideras,  Yebel Musa. La Montaña de Moisés. 

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