Se había despertado con los primeros rayos de
sol. Se puso en pie como pudo y aprovechó las últimas gotas de agua que le
quedaban antes de dedicarse a lo que llevaba haciendo desde hacía años:
caminar. Caminar sin rumbo, destino, ni objetivo: huir, andar, hasta que la
muerte le sorprendiese.
Atrás quedaban los momentos de gloria que alguna
vez había vivido. Aquellos momentos en que su palabra había sido escuchada con
ciega fe por quienes le rodeaban. “Es el líder. Es el hombre que
necesitábamos”, oía murmurar a las gentes a cada paso que daba, cada vez que se
alejaba de un corrillo, al llegar a la
tienda cada noche para compartir un poco de queso con los suyos, rezar y
confiarse al sueño. Nunca dormía más de cuatro o cinco horas; siempre le
molestaban a mitad de la noche. Bien por que alguno de los suyos buscara
consejo, bien porque la ventisca del desierto aparecía cuando menos lo esperase
nadie. Y las noches, escasas, en las que podía dormir sin ser interrumpido
acababan siempre de la misma manera: despertándose, como esta mañana, con el amanecer.
Pero a diferencia de la soledad más absoluta que ahora le acompañaba, entonces
se encontraba al abrir su tienda con toda suerte de problemas: el ganado, la
falta de agua, el hartazgo de un grupo que ya había sufrido bastante y que
estaba empezando a perder la paciencia.
Hasta que llegó el día en que entendió que debía
irse. Que ya estaba mayor. Que los viejos habían perdido la esperanza y los
jóvenes echaban en falta sangre nueva. No un anciano pegado a un cayado.
Ese día el caminante se despertó algo más tarde
de lo habitual. A decir verdad no había
pegado ojo, pero como sabía que la cohorte de cotorras y conspiradores le
aguardaría en la puerta con los primeros rayos de sol, decidió hacerlos sufrir.
Fue su pequeña venganza. Nada hay que guste más al pueblo que el líder caído, el
mito yacente. Daba igual, como el caso, haber sido el hombre que les había dado las
primeras normas de su historia. No funcionaba: el era culpable de que el viento
les sorprendiese, de que las muchachas inocentes quedasen encintas apenas se
convertían en mujeres o de que los pecaminosos estuvieran cada día más
debilitados. Podía pegarse horas y horas explicándolo, pero al rey del desierto no le estaban tolerados los
errores. Así que hoy les haría esperar para ver la escena de su derrota.
En sus confesiones consigo mismo, no pocas veces
se declaraba culpable. Siempre había querido asumir la primera y la última
decisión. Siempre ejemplarizar. Pero olvidó
que también los hombres de gobierno son mortales.
Así que una noche, al calor de la hoguera y
rodeado de la escasa gente que aún le quedaba de confianza, decidió hacer un
último favor a la prole. Se levantó, miró el paisaje de tiendas que apenas resistían
los vientos que le escupían algo de arena a la cara y decidió que marcharía.
“Duermen en paz. A Dios pido que siempre sea así”. Y algo le dijo que las voces que le decían que el sobraba como
líder, tenían razón, pero que aún caído tenía demasiada autoridad como para ser
súbdito de un nuevo Rey. Y que debía
nombrar un heredero, antes de que fuese tarde. A decir verdad, lo tenía claro
desde siempre. A ese hombre, albacea de su familia, de sus anhelos y
frustraciones, debía entregar el poder
haciéndole más fácil la existencia al desaparecer para siempre. Esa noche
comunicó a todos su decisión. Y lo más difícil fue convencer a su mujer y sus
hijos de que el camino que iba a emprender
“a otro sitio mejor” debía andarlo el solo. Ellos merecían ver amanecer
el triunfo. El se conformaría pensando, en cualquier otro confín, que su
sacrificio habría germinado.
Así pues abrió la puerta de la tienda. Pero a
diferencia de otras mañanas, no encontró el bullicio y el reclamo permanente de
la gente. Sólo silencio. Sólo respeto. Como hacía cuarenta años. Como en los
buenos tiempos.
Congregó a los que le rodeaban, que eran todos.
Los viejos, las parturientas recientes, los niños, los alfareros, los herreros.
Nadie se quería perder su marcha.
Una vez más, como en tantas otras ocasiones,
extendió las manos y alzó su cayado. El rey explicó que se iba para no volver.
Le quedaban pocos días de vida y no quería ser una carga, les dijo. Pidió
lealtad a los suyos para con su sucesor; un hombre falto de su carisma pero que
había estado con el en los momentos complicados y que había demostrado su
honestidad. Ese, seguirle y respetarle, era el mejor homenaje que le podían hacer.
Fue en ese momento cuando llamó a su sucesor, le
alzó el brazo y le invistió de plenos poderes delante de todo el mundo. El
silencio y las lágrimas por el líder vencido desaparecieron rápidamente. Tan
pronto hubo terminado sus palabras, cuando ya los conspiradores rodeaban a su
sucesor, jurándole lealtad eterna y diciéndole que ya era hora de gobernar al
fin.
Su mujer le acompañó hasta la gran roca en la
que comenzaba el camino. Se abrazaron, lloraron, se besaron durante horas. Lo
mismo con su descendencia; igual con el nuevo Rey que había llegado a tiempo
para despedirlo. Se arregló el ropaje, se apoyó en su bastón y, como hacía
cuarenta años, su silueta se perdió al inicio de la gran montaña. Sólo que para
nunca volver.
Antes había sido un gran rey, un enérgico líder
y un juez sabio. Ahora, sin saber hasta cuando, andaba. A pesar de la edad, a
pesar de que le dolían las piernas. A pesar de la nostalgia.
El caminante se había preguntado muchas veces
cuando y como sería su final. No por miedo; simplemente, por curiosidad. Nada
podía esperar ya de la vida que no fuera su final.
Apenas se fijaba en los entornos, en los sitios
que visitaba. Desde que había comenzado su peregrinaje a ninguna parte, el
caminante se había propuesto no dormir más de dos noches en el mismo lugar. Llevaba
demasiada melancolía por todo equipaje.
Sin embargo, tras años atravesando desiertos tan
inhóspitos como aquel del que había huido, tras mezclarse momentáneamente con
otros hijos de la arena, aquellos parajes le gustaban. Debía ser ese sitio del
que le había hablado otro viejo del desierto. Le acogió hacía un año; el viento
le derribó, perdió el conocimiento y creyó que había llegado el final. Pero el
viejo hechicero ordenó que lo metieran en su tienda, lo lavaran y le dieran de
comer.
Agradecido por su hospitalidad, no pudo por menos
que quedarse aquella noche. Y para ser sinceros, un poco de compañía, unas
horas de ambiente familiar, no le vendrían mal. El viejo hechicero se puso de
pie y le besó, jubiloso, cuando conoció su historia. “Loados sean los dioses.
He oído hablar de ti. Que gran honor, tenerte entre nosotros”.
El viejo no huía; era un mercader como otro
cualquiera. Y le habló de que venía del fin del mundo. “¿Es horroroso?”, le
preguntó. Para su sorpresa, le dijo que no. Y que siguiera firme su camino
buscando una gran mujer dormida.
Así que el caminante siguió su jornada,
recordando a aquel amable mercader que incluso le había ofrecido un camello
para seguir adelante. Pero no quiso. Su destino era, simplemente, andar.
Desde entonces, tenía claro que le era
insignificante donde morir, si de fallecer se trataba. Pero que tenía
curiosidad por ver a esa mujer enorme.
Y la encontró. Y, en verdad, era bella. Y se
bañó en la playa que la rodeaba: se desnudó y por primera vez en mucho tiempo
se notó estimulado, contento. Como aquella mañana de hacía cuarenta años.
A mediodía, el caminante paró para comer algo.
Una hogaza de pan, algo de queso que había comprado el día anterior a cambio de
unas monedas que encontró junto al cuerpo inerte de un mendigo. Y comenzó a
andar, una vez más. Quería ver el fin del mundo, el lugar donde todo acababa,
donde las aguas serían cascadas derramándose sobre el infinito.
Una vez más, se adentró en la montaña. Y al
llegar a la garganta de la gran mujer, se sentó. Miró el horizonte. El mar no
se derramaba. Se sintió, sinceramente, decepcionado de no ver la cara de su
señor tras aquel infinito espejo azul, pero le reconfortó la vista.
De pronto, un sudor frío le recorrió la espalda.
Y notó un fuerte dolor en el pecho. Si. La hora estaba llegando. Se
arrodilló y vio pasar su vida en
segundos: sus años de altivo heredero y soldado
del faraón machacando con altivez a los enemigos de Egipto, su renuncia a los
privilegios para vivir con los esclavos, el inicio del éxodo. Y sobre todo, su
encuentro en El. Aquel que ahora le llamaba a su presencia. Y al que pidió un
último favor, entregado a un inmenso sol que casi podía tocar con las manos.
“No se, señor de los días, maestro de todos los senderos, si mi nombre quedará
en la memoria de mi pueblo o volará frágil como una pluma. Por eso, permíteme
que ahora que me llamas a tu presencia,
sea un poco egoísta”. Sólo pidió dos cosas, mientras su cuerpo se desplomaba
fulminado al vacío: que el éxodo de Israel hubiese concluido con éxito. Y la
otra que aquella montaña fuera conocida hasta el final de los días con su
nombre, la del judío errante. Que se le llamase a esa gigantesca y hermosa mujer,
por las generaciones venideras, Yebel
Musa. La Montaña de Moisés.
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