jueves, 20 de noviembre de 2014

El marciano














Cualquier parecido con la realidad, es pura mala  leche. 
(El autor)























Cuando terminó aquella  reunión con el primer ministro de Andorra, el presidente del Gobierno respiró aliviado. Ya podía dejar de hablar de nieve, paisajes, tabaco, más nieve, más paisajes y whisky de  contrabando para poder dedicarse a lo que contenía aquella sucinta nota que le había pasado el ujier en una bandeja de plata. Y si, había vuelto a ocurrir. Igual que el embajador de Noruega, el presidente de la Generalitat, el Nuncio de Su Santidad y todos los que iban por Moncloa, el salao de Andorra también había hecho la misma coña al ver la escenita: “Déjalo, hombre, que ya pago yo los cafés”. A  veces pensaba que los visitantes de Moncloa tenían un grupo secreto en Facebook: “Yo también le dije al presidente que el café lo pagaba el menda”.
Sin embargo, esta nota tenía un texto algo más preocupante que el habitual –“Dice su esposa, textualmente, qué si come usted en casa o van almorzando ellos mientras Su Señoría sigue  un rato creyendo que soluciona algo”-, un tono más grave. Un texto que le había hecho evadirse de la reunión con el andorrano y dejar de escucharle. A decir verdad, tampoco le estaba prestando mucha atención antes, pero por lo menos se entretenía mirando su corbata amarilla y poniendo cara de que le interesaban la nieve, los paisajes, las bolsas negras y las rutas para senderistas construidas, ¡oh sorpresa!, en medio de hermosos paisajes y rodeadas de nieve.
Abandonó la sala de visitas mientras se escuchaban de fondo voces de ultratumba recomendándole ver en persona hermosos –y nevados- amaneceres en un reino de  cuentas corrientes y billetes de 500. Y cuando abrió la puerta en la que ponía “Sala de reuniones supersecretas. Se prohíbe la entrada a los socios de coalición parlamentaria, Izquierda Unida, tíos con coleta y camisa de Alcampo, tertulianos de La Sexta y  minorías nacionalistas”, sus peores presagios se cumplieron.

“Señor presidente”, le dijo el general de Estado mayor. “Tenemos un problema serio. Es donde temíamos, señor. Es en Ceuta. Estamos esperando su autorización para desplegar tropas y tropos y elevar el nivel de alerta a Def con Dos. Y no, presidente, no estoy haciendo la coña de Def con Dos centrales y contraataque con dos mediapuntas. Esto es como lo de las películas de las tardes de los sábados que tanto le gustan, pero en serio”.
El presidente atendió las explicaciones del general. Pero esta vez puso atención: no se entretuvo –trabajo le costó- en poner cara de que le interesaba algo mientras contaba cuantas medallas tenía su interlocutor en el pecho mientras el otro le hablaba de leche de pantera. No.
“Verá, señor presidente. Tenemos monitorizados todos los puntos de interés. Como verá, la situación es complicada.  Hemos desplegado  a nuestras tropas en Benzú y el Tarajal. Tenemos gente en Perejil, pero para no herir susceptibilidades les  hemos dado a cada uno un cubo con una Lander  Bräu, un cuchillo y cuatro kilos de lapas compradas a un marroquí que iba vendiéndola por las casas con centollitas a tres euros. El camuflaje es perfecto, señor:  llevan una camiseta de propaganda, con el correspondiente boquete sobaquero, unas chanclas marca Adidas y unos pantalones piratas a la altura de la pantorrilla. Les hemos dicho que pongan cara de despistados. Llevan una gorra de Balearia, pero en la visera  les hemos puesto una cámara oculta que hemos pillado, siguiendo los planes de contención en el gasto dictados por su Gobierno, en un chino ubicado en pleno centro de la ciudad. Déjeme, a título de anécdota, contarle que tras la compra el marroquí de las centollas ha empezado a dar saltos de alegría cantando canciones como el Novio di la Muerte y Viva la Espania”.
Tras una pausa de diez segundos para procesar toda la información, el presidente preguntó que donde estaba el problema. El general le señaló una pantalla

“Ha sido a las cinco de la tarde, en pleno preparativo de la noche de San Juan. Se ha visto un relámpago caer del cielo, un fuerte estruendo, y entonces ha ocurrido. Usted tiene las imágenes de unos minutos después. La televisión municipal ha llegado lo antes posible, pero uno de Festejos lo grabó en el móvil y lo colgó antes en el Youtube, como puede ver”.
Efectivamente, el secreto de Estado se había ido a hacer puñetas. “Carajazo marciano en Ceuta” era, con mucho, el video más visto. Había desbancado al niño chino aquel de tres años que tocaba “Canción para Elisa” con los dedos de los pies y un babero de Bob Esponja o al pecho al aire de la presentadora de un reality show en Armenia. Incluso a lo más visto en España:  la versión de “Como el agua” que un ciego había conseguido tocar con la armónica en el metro de Madrid mientras se veía pasar a dos rumanos por detrás para robarle el plato y, acto seguido, a dos Ultra Sur detrás de los rumanos al grito de “Una, grande y libre”.

A los dos minutos de aquello, el presidente telefoneó a Ceuta. Quiso saber, a través de un hombre de confianza,  cómo estaba la gente ante el hecho de que un ser de otro planeta apareciera en pleno centro de la ciudad en fecha tan señalada. “Tranquilo, señor –le dijo su interlocutor-. Ya le hemos hecho firmar en el libro de oro, pero como tiene ancas en vez de piernas no ha podido subir hasta el Ayuntamiento, porque esta mañana los de la empresa de limpieza se pasaron con el agua y, claro, el hombre ha resbalado y se ha caído de cabeza a la altura del Caballa. Luego ha vuelto a salir a la arena, rodeado de medusas y murmurando algo así como “mckekjkljlktrexxxt” que, según un friki que se sabe de memoria todos los capítulos de Cuarto Milenio significa “Los muertos de Paneque” en marciano”.
“¿Y entonces? –preguntó el presidente- ¿Qué ha pasado?”
“Nada, señor. Nos hemos acercado allí con toda la corporación y el libro de oro. Luego le han preparado un baile de las cuatro culturas, el coro de la Tercera Edad ha hecho una excepción y, pese a ser verano, han obsequiado al ilustre visitante con una exhibición de los mejores villancicos de Ceuta  y el de las vitaminas le ha intentado colocar por diez euros una camiseta del Barça en la que ponía Hiniesta y por seis un reloj para el niño con la cara de Hello Kitty”.
“Por favor, no hagan nada hasta que no se lo ordenemos. Tengan en cuenta que es la primera visita de un ser de otro planeta a la Tierra, que ha ocurrido a plena luz del día delante de todo el mundo y que no sabemos que intenciones puede tener. Sobre todo, por favor,  no le molesten. Que nos estamos jugando mucho, oiga”.
“Tranquilo, presidente. Ahora mismo tenemos un fotógrafo diciéndole al marciano que se “arrejunte” con todo el mundo para inmortalizar el momento. Una señora le acaba de obsequiar resignadamente con una fuente de pollo empanado, que al parecer era para la merienda del Cristian, con un cuarto de chicharones y una taza de café”.
,“La actitud del elemento ¿es agresiva?”, preguntó el presidente.
“Hombre, agresiva no se, pero yo diría que no está muy a gusto. Están los de la oposición dando una rueda de prensa: unos nos dicen que no aseguremos que es un marciano, que igual es marciana y la diversidad y pluralismo marciano merecen respeto y los otros pidiendo una comisión de investigación, amenazando con llevar el asunto a los tribunales y proponiendo un Plan de Empleo especial para marcianos mientras los del Gobierno local no dejan de rodearlo, hacerse fotos y acariciarle la espalda. Hay un montón de gente diciendo que lo conoce de toda la vida a el y al padre, no le gustan los volaores y acaba de decir “meikejlkjdclkj22xxx2zz”. Según nos ha dicho nuestro friki de confianza significa me importa un carajo que esto fuera portugués y que la playa tenga bandera azul. Yo lo que quiero es que me arregléis la caja de cambio y largarme  de aquí, hombre ya”.


“Dígale al friki que se ponga”·, ordenó el mandatario.
“No puedo, se ha ido. Al parecer echaban en un canal raro la pelea entre Goku y Vegeta desde el ángulo inverso y, no me haga mucho caso, pero creo que estaba hasta palote”.
El inquilino de La Moncloa sacó un cigarro, lo encendió mientras le decía con la mirada al general que la prohibición de fumar en lugares públicos el se la pasaba por salva fuera la parte, contó hasta tres y luego dio la orden que había eludido pronunciar:
“Bueno, pues entonces páseme con el marciano”
“Pero… ¿presidente?”
“Si, si, usted lo ha dicho. Presidente. El que preside. El que manda. El puto amo, vamos. Qué me lo pase ya de una vez”
A los dos segundos, el marciano ya estaba al teléfono. El presidente espetó:
-“mekjekkjlkfñjklvmelxxxcie”
A lo que el marciano respondió
-“esegvjlkejkkvkeeñ´kkkkkl xxx”
Acto seguido, el mandatario colgó el teléfono, dio las buenas noches y se fue, sin percatarse de que el general de Estado Mayor se había caído de espaldas por la impresión y que su chaqueta estaba ardiendo al caer justo sobre la colilla, aún humeante, del puro presidencial. El dirigente se secó el sudor frío con un pañuelo de papel, y cuando no hubo nadie, desenroscó su bolígrafo y halló un pequeño micrófono. Se puso a desgravar la conversación y a traducirla por escrito para la posteridad.
“El presidente  -apuntó sobre una servilleta- dijo “Cabrones, os habéis equivocado de lugar para mi rescate. No era en Ceuta, hostia, era 800 kilómetros al Norte, en Madrid. No me diréis que la labor de infiltración no ha sido buena: he llegado directamente a ser presidente de un país, aunque la gente diga que no me entero de media. Venid ya, joder, y dejaros de cachondeos.

El marciano: “Si, hombre, para que luego me pegues el cambiazo y me quede yo con esta tribu. Y si estás tan agobiado, es culpa tuya. Mira que prometer que ibas a acabar con el paro y la corrupción, conociendo a esta gente. Desde luego, nunca debiste salir de Marte”…

domingo, 16 de noviembre de 2014

El caminante

Se había despertado con los primeros rayos de sol. Se puso en pie como pudo y aprovechó las últimas gotas de agua que le quedaban antes de dedicarse a lo que llevaba haciendo desde hacía años: caminar. Caminar sin rumbo, destino, ni objetivo: huir, andar, hasta que la muerte le sorprendiese.
Atrás quedaban los momentos de gloria que alguna vez había vivido. Aquellos momentos en que su palabra había sido escuchada con ciega fe por quienes le rodeaban. “Es el líder. Es el hombre que necesitábamos”, oía murmurar a las gentes a cada paso que daba, cada vez que se alejaba de  un corrillo, al llegar a la tienda cada noche para compartir un poco de queso con los suyos, rezar y confiarse al sueño. Nunca dormía más de cuatro o cinco horas; siempre le molestaban a mitad de la noche. Bien por que alguno de los suyos buscara consejo, bien porque la ventisca del desierto aparecía cuando menos lo esperase nadie. Y las noches, escasas, en las que podía dormir sin ser interrumpido acababan siempre de la misma manera: despertándose, como esta mañana, con el amanecer. Pero a diferencia de la soledad más absoluta que ahora le acompañaba, entonces se encontraba al abrir su tienda con toda suerte de problemas: el ganado, la falta de agua, el hartazgo de un grupo que ya había sufrido bastante y que estaba empezando a perder la paciencia.
Hasta que llegó el día en que entendió que debía irse. Que ya estaba mayor. Que los viejos habían perdido la esperanza y los jóvenes echaban en falta sangre nueva. No un anciano pegado a un cayado.

 
Ese día el caminante se despertó algo más tarde de lo habitual. A decir verdad  no había pegado ojo, pero como sabía que la cohorte de cotorras y conspiradores le aguardaría en la puerta con los primeros rayos de sol, decidió hacerlos sufrir. Fue su pequeña venganza. Nada hay que guste más al pueblo que el líder caído, el mito yacente. Daba igual, como el caso,  haber sido el hombre que les había dado las primeras normas de su historia. No funcionaba: el era culpable de que el viento les sorprendiese, de que las muchachas inocentes quedasen encintas apenas se convertían en mujeres o de que los pecaminosos estuvieran cada día más debilitados. Podía pegarse horas y horas explicándolo, pero al  rey del desierto no le estaban tolerados los errores. Así que hoy les haría esperar para ver la escena de su derrota.
En sus confesiones consigo mismo, no pocas veces se declaraba culpable. Siempre había querido asumir la primera y la última decisión. Siempre  ejemplarizar. Pero olvidó que también los hombres de gobierno son mortales.

 
Así que una noche, al calor de la hoguera y rodeado de la escasa gente que aún le quedaba de confianza, decidió hacer un último favor a la prole. Se levantó, miró el paisaje de tiendas que apenas resistían los vientos que le escupían algo de arena a la cara y decidió que marcharía. “Duermen en paz. A Dios pido que siempre sea así”. Y algo le dijo que  las voces que le decían que el sobraba como líder, tenían razón, pero que aún caído tenía demasiada autoridad como para ser súbdito de un nuevo Rey. Y que  debía nombrar un heredero, antes de que fuese tarde. A decir verdad, lo tenía claro desde siempre. A ese hombre, albacea de su familia, de sus anhelos y frustraciones,  debía entregar el poder haciéndole más fácil la existencia al desaparecer para siempre. Esa noche comunicó a todos su decisión. Y lo más difícil fue convencer a su mujer y sus hijos de que el camino que iba a emprender  “a otro sitio mejor” debía andarlo el solo. Ellos merecían ver amanecer el triunfo. El se conformaría pensando, en cualquier otro confín, que su sacrificio habría germinado.
Así pues abrió la puerta de la tienda. Pero a diferencia de otras mañanas, no encontró el bullicio y el reclamo permanente de la gente. Sólo silencio. Sólo respeto. Como hacía cuarenta años. Como en los buenos tiempos.
Congregó a los que le rodeaban, que eran todos. Los viejos, las parturientas recientes, los niños, los alfareros, los herreros. Nadie se quería perder su marcha.

 
Una vez más, como en tantas otras ocasiones, extendió las manos y alzó su cayado. El rey explicó que se iba para no volver. Le quedaban pocos días de vida y no quería ser una carga, les dijo. Pidió lealtad a los suyos para con su sucesor; un hombre falto de su carisma pero que había estado con el en los momentos complicados y que había demostrado su honestidad. Ese, seguirle y respetarle, era el mejor homenaje que le podían hacer.
Fue en ese momento cuando llamó a su sucesor, le alzó el brazo y le invistió de plenos poderes delante de todo el mundo. El silencio y las lágrimas por el líder vencido desaparecieron rápidamente. Tan pronto hubo terminado sus palabras, cuando ya los conspiradores rodeaban a su sucesor, jurándole lealtad eterna y diciéndole que ya era hora de gobernar al fin.
Su mujer le acompañó hasta la gran roca en la que comenzaba el camino. Se abrazaron, lloraron, se besaron durante horas. Lo mismo con su descendencia; igual con el nuevo Rey que había llegado a tiempo para despedirlo. Se arregló el ropaje, se apoyó en su bastón y, como hacía cuarenta años, su silueta se perdió al inicio de la gran montaña. Sólo que para nunca volver.
Antes había sido un gran rey, un enérgico líder y un juez sabio. Ahora, sin saber hasta cuando, andaba. A pesar de la edad, a pesar de que le dolían las piernas. A pesar de la nostalgia.

 
El caminante se había preguntado muchas veces cuando y como sería su final. No por miedo; simplemente, por curiosidad. Nada podía esperar ya de la vida que no fuera su final.
Apenas se fijaba en los entornos, en los sitios que visitaba. Desde que había comenzado su peregrinaje a ninguna parte, el caminante se había propuesto no dormir más de dos noches en el mismo lugar. Llevaba demasiada melancolía por todo equipaje.
Sin embargo, tras años atravesando desiertos tan inhóspitos como aquel del que había huido, tras mezclarse momentáneamente con otros hijos de la arena, aquellos parajes le gustaban. Debía ser ese sitio del que le había hablado otro viejo del desierto. Le acogió hacía un año; el viento le derribó, perdió el conocimiento y creyó que había llegado el final. Pero el viejo hechicero ordenó que lo metieran en su tienda, lo lavaran y le dieran de comer.

 
Agradecido por su hospitalidad, no pudo por menos que quedarse aquella noche. Y para ser sinceros, un poco de compañía, unas horas de ambiente familiar, no le vendrían mal. El viejo hechicero se puso de pie y le besó, jubiloso, cuando conoció su historia. “Loados sean los dioses. He oído hablar de ti. Que gran honor, tenerte entre nosotros”.
El viejo no huía; era un mercader como otro cualquiera. Y le habló de que venía del fin del mundo. “¿Es horroroso?”, le preguntó. Para su sorpresa, le dijo que no. Y que siguiera firme su camino buscando una gran mujer dormida.
Así que el caminante siguió su jornada, recordando a aquel amable mercader que incluso le había ofrecido un camello para seguir adelante. Pero no quiso. Su destino era, simplemente, andar.
Desde entonces, tenía claro que le era insignificante donde morir, si de fallecer se trataba. Pero que tenía curiosidad por ver a esa mujer enorme.
Y la encontró. Y, en verdad, era bella. Y se bañó en la playa que la rodeaba: se desnudó y por primera vez en mucho tiempo se notó estimulado, contento. Como aquella mañana de hacía cuarenta años.
A mediodía, el caminante paró para comer algo. Una hogaza de pan, algo de queso que había comprado el día anterior a cambio de unas monedas que encontró junto al cuerpo inerte de un mendigo. Y comenzó a andar, una vez más. Quería ver el fin del mundo, el lugar donde todo acababa, donde las aguas serían cascadas derramándose sobre el infinito.
Una vez más, se adentró en la montaña. Y al llegar a la garganta de la gran mujer, se sentó. Miró el horizonte. El mar no se derramaba. Se sintió, sinceramente, decepcionado de no ver la cara de su señor tras aquel infinito espejo azul, pero le reconfortó la vista.

De pronto, un sudor frío le recorrió la espalda. Y notó un fuerte dolor en el pecho. Si. La hora estaba llegando. Se arrodilló  y vio pasar su vida en segundos: sus años de altivo  heredero y soldado del faraón machacando con altivez a los enemigos de Egipto, su renuncia a los privilegios para vivir con los esclavos, el inicio del éxodo. Y sobre todo, su encuentro en El. Aquel que ahora le llamaba a su presencia. Y al que pidió un último favor, entregado a un inmenso sol que casi podía tocar con las manos. “No se, señor de los días, maestro de todos los senderos, si mi nombre quedará en la memoria de mi pueblo o volará frágil como una pluma. Por eso, permíteme que ahora  que me llamas a tu presencia, sea un poco egoísta”. Sólo pidió dos cosas, mientras su cuerpo se desplomaba fulminado al vacío: que el éxodo de Israel hubiese concluido con éxito. Y la otra que aquella montaña fuera conocida hasta el final de los días con su nombre, la del judío errante. Que se le llamase a esa gigantesca y hermosa mujer, por las generaciones venideras,  Yebel Musa. La Montaña de Moisés. 

El parche antes del grano

Historias de Ceuta no tiene nada que ver -aparte del nombre- con la sección que semanalmente presento en 'Ceuta en la Onda', en Onda Cero Ceuta. Lo que vayan a leer en este blog no es el fruto de investigación histórica, sino el deseo de compartir con quien lo tenga a bien una serie de relatos que, en su calidad de ficticios, pueden llegar a tomarse una serie de licencias sobre algunos pasajes de la historia de Ceuta.
Estos relatos fueron escritos hace algún tiempo con la intención de publicarlos algún día. La intención es seguir incorporando otros cuando vayan siendo concebidos, formados y paridos. Se trata de relatos cortos, con personajes reales o algunos inventados, en situaciones que puedan haberse producido hace cientos de años o ayer por la tarde.
Si les gusta, me alegro. Simplemente, bienvenidos